Inner Peace Time

La espera ha terminado.

Ha llegado la hora
de nuevo.

La hora de cerrar los ojos
y ver.

La hora de la luz,
la luz que ciega y guía.

Y yo sólo pido valor
para arrancarme la luz
de dentro
de cuajo
cuando llegue el momento

de iluminar tu mirada.

Escuchando: Yulunga – Live in Warsaw 31st March 2005

Eso es lo que contiene el museo de los asesinos. Pero como en todas las jeraquías, hace falta un soberano, el rey de la selva de las ciudades y de la sabana de las afueras; ese criminal perfecto, príncipe de los asesinos ante quien los demás criminales deben inclinarse, es el asesino itinerante.

Los asesinos itinerantes son asesinos que viajan, predadores que cambian de territorio de caza. Un crimen en Los Ángeles, otro en Bangkok, el invierno al sol de las Antillas en esos gigantescos hoteles donde se amontonan los turistas.

En el FBI dicen que asesino itinerante es un asesino en serie que ha ahorrado lo suficiente para permitirse dar una vuelta al mundo en avión. Es falso, porque el asesino en serie es un sujeto compulsivo que mata para aplacar su pulsión, un psicópata que sigue un ritual destinado a tranquilizarlo. Profana a sus víctimas, las inmola y las descuartiza: es un niño aterrorizado que aterroriza a su vez y que siempre deja indicios tras de sí para que lo atrapen. El vértigo del castigo. Y, sobre todo, al asesino en serie no le gusta moverse. Es un tipo casero que mata en su barrio, un perro sarnoso que mata a los corderos de su rebaño.

El asesino itinerante, en cambio, es un migrador, un devorador de cadáveres, un gran tiburón blanco que remonta la corrienten busca de sus presas. Está en lo más alto de la cadena alimentaria. Es un ser frío que selecciona sus blancos y controla sus pulsiones. Nunca se deja desbordar por ellas, no oye ninguna voz, no obedece a Dios. No tiene cuentas que saldar ni revanchas que tomarse. Era el hijo único o el mayor de una familia feliz. Su papá no lo violaba, su mamá no lo sometía a ese incesto afectuoso que retuerce el cerebro. Nadie le pegaba. Ha nacido así: con brujas inclinadas sobre su cuna.

Al igual que el asesino en serie, el asesino en masa o el asesino relámpago, el asesino itinerante está loco. Pero a diferencia de ellos, él sabe que está loco. Esa conciencia aguda de lo que es le permite compensar la locura con un comportamiento extraordinariamente estable. El equilibrio en el desequilibrio. Puede ser tu vecino, el que te atiende en el banco o ese hombre de negocios que baja de un avión para subir a otro y pasa los domingos jugando al tenis con sus hijos. Está perfectamente integrado, no tiene antecedentes penales. Tiene un buen trabajo, una bonita casa y un coche deportivo. Viaja para embarullar las pistas y golpear allí donde no se le espera.

Si no encajas en las características que un asesino en serie persigue, puedes perfectamente encontrarte con él sin correr el menor riesgo. Puedes incluso ir a tomar un café con él o cogerlo cuando hace autoestop en una carretera desierta. Con un asesino itinerante, no. Porque el asesino itinerante es un animal que come cuando tiene hambre. Y ese criminal tiene hambre siempre. […]

[El evangelio del mal, pag. 45-46; Patrick Graham]

Por cierto, me pregunto porque Teresa Clavel Lledó tradujo el título original, L’évangile selon Satan por El evangelio del mal.

Escuchando: Dorval – Julia Kent

La suerte para hoy

Para hoy sólo puedo garantizar
negrura bronca y densa,
gusanos de seda anidados en las entrañas
y nevadas de cal viva en las sienes.

Ventiscas de caricias quebradas,
y deseo furtivo por el rabillo del ojo.

También cierto regusto amargo a risas de niños,
regueros de sangre entre la hojarasca
y quizás un ápice de esperanza.

No es mucho. No es mucho, no.

¿Pero quién da más?

Escuchando: The Courtesan & The Samurai – Olen’K

Barbez @ Museo del Mar (Vigo), II

Según lo previsto, el pasado domingo día 20 me lo pasé en grande en el concierto que Barbez dieron en el Museo del Mar. Se centraron en los temas incluidos en su último álbum, canciones con una fuerte carga emotiva e inspiradas en la obra poética del escritor rumano Paul Antschel, más conocido como Paul Celan. Si bien es cierto que me gustó más la actuación que presencié en 2005, ésta no ha desmerecido en absoluto; tan sólo un planteamiento distinto para una enorme propuesta artística, reflejada en un grandísimo directo.

Dejo una foto de recuerdo aquí y, a continuación, un vídeo. La calidad del sonido es paupérrima, pero ahí queda.

Escuchando: Die Branstifter – Rome