El jefe que reparte demasiadas recompensas
tiene problemas,
pero el que reparte demasiados castigos
tiene dificultades insalvables.
[Extraído de El arte de la guerra, de Sun zi]
Contenidos relativos a literatura, lingüística, traducción, etc.
El jefe que reparte demasiadas recompensas
tiene problemas,
pero el que reparte demasiados castigos
tiene dificultades insalvables.
[Extraído de El arte de la guerra, de Sun zi]
Este proyecto persigue desenvolver la música y sus actitudes.
En clave de lo cotidiano y lo vivido (diversidad).
Comunicar. Compartir. Activismo musicante. Persigue Nada.
Su desarrollo tiene un producto final comunitario que podrás tocar:
Acciones de música aperiódicas y no-dinero en espacios no habituales:
escaparates de comercios, puestos de mercado y así.
Multiacción una vez al trimestre (4 estaciones) de tres músic+s en tres locales/escaparates diferentes del barrio del Carmen desde las 18,30h a 20,30h (final del tercer concierto): un triángulo de actividad musical + un concierto de colofón-fiesta en un local.
Un panel en cada uno de esos escaparates con reflexiones sobre el panorama musical local y donde la gente que pasa podrá ir escribiendo lo que se le ocurra. También:
Paneles de expresión de libre opinión y poétika.
Edición de músicas de la calle
Edición de textos de la calle.
Otras acciones que propongas o propongan escuelas de música, personas y la Asamblea de Músic+s en el Carmen.
CONTINUA AQUI
http://www.barriodelcarmen.net/escaparate
Vi en aquellas figuras turbulentas
no la amenaza: la verdad del mal,
todos los nombres del horror, la guerra,
el odio y su raíz sulfúrea.
Sin comprenderlo, sin reconocerlo
en su cerrado embozo, el mal nos cerca
y nos habita. Y en su remolino
ha arrastrado con furia la esperanza del mundo.
[LXVII, extraído de El libro, tras la duna, de Andrés Sánchez Robayna]
«[…] Cuando entro en el cuarto de baño, iluminado por las velas aromáticas que acabas de encender, estás ya de pie en la bañera, que se llena lentamente llenando de vaho la estancia. Cojo del estante los útiles que utilizas para rasurarte, y te los tiendo, sentándome a continuación para observarte. Procedes entonces a dejarte minuciosamente suave, como sabes que adoro, y me acerco, con las mangas remangadas, para lavar todo tu cuerpo… Tu piel blanca contrasta evocadora con la negrura de la bañera y mis manos guían de forma exhaustiva la esponja exfoliante por toda tu anatomía, no en vano la conocen a la perfección. Cuando considero que tu higiene es perfecta, dejo a un lado la esponja y acaricio tu sexo con tanta delicadeza que resulta casi imperceptible, mientras te beso una vez más, muy despacio.
Antes de que el esfuerzo por dejarte lo más limpia posible se torne inútil, tomo una de tus manos para ayudarte a salir de la bañera, y comienzo a secarte sin prisa. Tienes el pelo muy corto, estilo chico, de modo que no es necesario invertir demasiado tiempo hasta conseguir que estés bien seca.
Nos dirigimos entonces al comedor, donde esperas pacientemente mientras extiendo en la mesa de ébano un fragante mantel burdeos, sobre el cual te tiendes boca arriba con mi ayuda, brazos extendidos a lo largo del cuerpo y piernas juntas. Cierro tus ojos con una de mis manos, y percibes los pequeños sonidos que denotan el inicio de la combustión de una barrita de incienso, acompañados por un álbum de Rajna que acabo de seleccionar como acompañamiento musical para la velada que comienza.
Eres una imagen increíblemente deliciosa.
Pasan unos minutos, durante los que tratas de concentrarte en la música, hasta que percibes de nuevo mi proximidad y sientes algo frío que se posa en tu pubis. Quizás un cuenco de porcelana, grande.
Segundos después hueles algo muy próximo a tu boca. Algo familiar, difícil de confundir… sashimi, sin duda. Cuando sientes un roce frío en tus labios los entreabres ligeramente, descubriendo al liberar de los palillos la porción de pescado fresco y paladearla que se trata de anguila, con algo de salsa de soja. Voy dándote lo que calculas que es una ración completa, y limpio entonces tu boca con una servilleta de tela que, aunque no puedes ver, sabes a juego con el mantel. Llegado ese momento, retiro el cuenco que reposaba sobre ti, y acerco a tu boca algo que no logras identificar inicialmente, pero que huele a menta con gran intensidad. Cuando ese algo ligero y crujiente se posa sobre tus labios, lo capturas y tu paladar se inunda de un intenso sabor que borra todo rastro del sashimi, cosa que tampoco te importa porque se trata de una especie de pastelillo hojaldrado que nunca habías probado antes. Te limpio de nuevo con la servilleta y caen entonces en tus labios unas gotas, que al deslizarse inflaman tu lengua pues se trata de un licor muy fuerte, similar al saque.
Lo siguiente que hago es colocar uno de los palillos de madera entre tus dientes, de modo que emitir cualquier sonido se dificulta notablemente.
Y eres una imagen increíblemente deliciosa, sí. […]»
No se lo digáis a nadie,
pero yo tuve un hada de cristal.
Un hada tan hermosa como triste
que resplandecía vulnerable cada noche
con una luz oscura e inconfundible.
Desconozco cómo nos comprendíamos
pues yo no domino el lenguaje de las hadas.
Ahora bien, confieso
que nunca he tenido nada más valioso
que aquel continuo desencuentro.
Un día desplegó sus alas y partió
de mi lado.
Quizás para nunca volver.
No se lo digáis a nadie,
por favor,
pero yo tuve un hada de cristal
y la verdad es que la añoro tanto…
Un día se fue.
Porque yo no podía tocarla, supongo.
Era desesperadamente frágil.
Ahora me parece percibir alguna vez
destelleos de su antigua luz.
Creo que ocurre tan solo
Cuando los dos lloramos.
Sólo
cuando los dos lloramos…