344

Tañía levemente tu cuerpo aquella noche
con mis manos desnudas, tratando de arrancar
de él los sones que perseguía. Mientras,
mi deseo erguido te buscaba apasionado
entre la húmeda memoria de tus labios, dentro
del terso olvido de tu piel, en ti.

Los engranajes chirrían

“¿Quién puede contradecir que organizarse es dividir la tarea en partes bien definidas, relacionar las partes en forma secuencial y obtener el resultado por agregación? Implícitamente existe un orden mecánico. Primero, porque las partes se dividen de manera que no haya invasión mutua. Segundo, porque las partes suman el todo. Y, tercero, porque se espera que el sistema opere como una máquina, de forma predecible, eficiente y fiable. Como un reloj.”

[fragmento extraído de De la empresa jurásica a la e-mpresa e-volucionada, de Enrique de la Rica y Ángel L. Arbonies]

333

A veces se me agotan las palabras
y me quedo sin nada que decir.

Nada que merezca mucho la pena.

Mientras, el silencio se eleva a tientas, tanteando,
espiándonos desde el techo, con curiosidad,
tejiendo telarañas de vacío;
como si el silencio fuese un arácnido
que se oculta informe entre las rendijas,
entre intentos de comunicación.

Sobreviviendo a base de sonidos.

Palabras como moscardones.

322

“El sol ya se había puesto. La jofaina que tenía al lado estaba llena de salpicaduras carmesíes y la esponja flotaba en su interior, destacándose en el agua ensangrentada como un pez muerto, panza arriba.

Llevaba un buen rato limpiando aquel cuerpo para determinar dónde estaban sus lesiones; con tanta sangre (buena parte de ella ya coagulada) desdibujando su piel no había forma de hacer nada útil. Por desgracia, cuando al fin localicé, tras el arduo proceso, todas las heridas, no fue sino para constatar que era ya demasiado tarde y que todo aquello había sido inútil. No volvió a recuperar la conciencia y, tras vaciar una bala de su pólvora y dejársela en homenaje, salí de aquella estancia ominosa cuando mi sombra dejó de reflejarse.”