«Estoy en contra de los artistas. Los odio. Deseo intensamente que mueran de hambre. Que tengan que mendigar, desharrapados, por las esquinas viviendo de la caridad de sus clientes, o que se callen de una maldita vez y dejen de producir la basura asquerosa que producen. Y las agencias de derechos, ni te cuento… esas mafias organizadas deberían, simplemente, ser aniquiladas sin piedad, y sus directivos ser enviados directamente y sin escalas a la parte destinada a los delincuentes más peligrosos de la más sórdida de las prisiones siberianas».
Esto es, simplemente, lo que ocurre cuando las mentes de escasa inteligencia escuchan únicamente lo que quieren escuchar. Por supuesto, el texto con el que comienzo esta entrada es una reductio ad absurdum, una forma de manifestar lo ridículo, lo estúpido que puede ser que alguien de una mediana inteligencia pueda llegar a pensar que las ideas de un profesor de una escuela de negocios vayan por esa vía. Y mucho más estúpido es que, tras leer la carta de alguien que cree que defiendo algo así, que te lances al teclado con tu inequívoca cara de bestia parda, y te pongas a vomitar bilis mientras babeas sobre las teclas y envíes un mensaje lleno de amenazas de todo tipo, que no hacen más que reflejar el tipo de persona que realmente eres.
¿Cuál es, realmente, mi postura con respecto a la música? La proveniente de un análisis de la evolución de sectores de la actividad económica que han sido sometidos a la acción de tecnologías disruptivas, intentando derivar enseñanzas comunes a todos ellos. Mi análisis afirma que hay verdades ineludibles contra las que no se puede luchar, y una de ellas es el que los contenidos, estructurados en forma de bits, son imposibles de parar. Si alguien quiere acceder a ellos, podrá hacerlo sin demasiado esfuerzo. Eso es una verdad, un hecho, no algo que yo desee, ni un escenario futuro, ni una maldición que musito cual si fuera una vieja desdentada. El que a mí, además, ese me parezca un escenario delicioso, es algo que no entra en el análisis. Mi opinión aquí es irrelevante, yo soy un académico y me limito a exponer hechos y análisis, no a vomitar bilis verbal como hacen otros que subsisten en sus cargos porque son expertos en como eran los negocios ayer.
¿Qué ocurre cuando esos bits se pueden mover libremente? Pues que los negocios cambian. Que las industrias que vivían de acercar esos bits a un público determinado pierden el valor generado por ese eslabón de su cadena de valor. Como esas empresas, además de distribuir, estaban implicadas en unos mecanismos de producción ya de por sí extremadamente viciados, surgen problemas en la retribución de los artistas, que ven como sus productos, en vez de ser obtenidos a través del canal convencional, totalmente desprovisto de propuesta de valor, son obtenidos mediante canales alternativos notablemente más ventajosos. Se llega a un punto en el que la propuesta de valor del canal alternativo es tan ventajosa en términos de comodidad, versatilidad y hasta imagen, que la idea de seguir vendiendo el producto tradicional resulta, simplemente, una ofensa a las leyes del sentido común: lisa y llanamente, una estupidez. ¿Para qué voy a bajar a la calle a comprar un estúpido pedazo de plástico que contiene más canciones de las que quiero, cuesta un elevado precio y además no funciona en todos los soportes, cuando puedo obtenerlo rápido, gratis y sin restricciones a través de Internet? ¿Por hacerle algún tipo de favor a una industria que dedica todos sus esfuerzos a insultarme incesantemente? La cuestión es, simplemente, una ofensa al sentido común.
Partiendo de esa base, la industria se pone en pie de guerra, pero en lugar de hacerlo en la dirección correcta, para innovar y tratar de obtener modelos de negocio alternativos, lo hace para parar lo imparable, para intentar poner puertas al campo. Y para ello, en un despliegue de contrasentido común, intenta perseguir a sus propios usuarios, criminalizarlos, e imponerles barreras y restricciones cada vez más poderosas (pese a lo cual, por supuesto, el tráfico en redes P2P no deja de subir). Y, en paralelo, opta por una vía abominable que ofende a todas las leyes de mercado: un cambio legislativo que hace que se instaure un verdadero impuesto asociado a los bienes más arbitrarios, y que grava a los consumidores con unas cargas que ellos mismos se reparten. Es decir, crea un sistema de subvención, muy parecido al que otros sectores de la actividad cultural, como el cine, ya tenían previamente creado. Un sistema que independiza la obtención de ingresos de la venta real de los productos, en lo que burdamente llaman una «compensación», como si otros sectores que puedan o pudiesen verse abocados a crisis de este tipo hubiesen obtenido o fuesen a obtener compensaciones de algún tipo. Y lo dicen convencidos, y convencen a los políticos de turno, y cambian la ley para ello… y todo ello, porque ellos son «artistas». Efectivamente, no cabe duda: lo son.
¿Odio a los artistas? Ofende pensar tamaña estupidez. Simplemente, creo que tendrán que buscar otras formas de obtener remuneración por su creación, formas que tendrán que estar sujetas a lo que un mercado decida pagar por ellas. ¿Odio a las agencias de derechos? En absoluto, nada más lejos de mi intención, y creo que en un presente en el que los bits circulan libres, tendrán un papel de auditoría para controlar qué entidades asocian un lucro al uso del bien cultural, y solicitar de tal lucro la parte correspondiente al autor. ¿Odio a las compañías discográficas? Otra falacia absurda. Creo, sencillamente que son intermediarios que verán como gran parte de su papel se verá desintermediado, y como la relación entre artistas y público se llevará a cabo sin su participación en los procesos de selección, producción y comercialización. ¿Creo que es malo ganar dinero con la música? Por favor… repita conmigo: «pro-fe-sor-de-u-na-es-cue-la-de-ne-go-cios». ¿Le dice algo esa frase? A mí no me ofende que nadie gane dinero con nada, siempre que esté sujeto a unas normas determinadas de responsabilidad. Ahora, si ganar dinero incluye hacer lo que sea (incluyendo enviarme a mí , que sólo soy el mensajero, amenazas de muerte y patéticas cartas a mi jefe para que me eche) para así seguir haciendo más lo mismo, independientemente de los cambios del ambiente, en ese caso lo siento. No cuente conmigo ni con mi opinión positiva como analista, divulgador, docente o cliente. Tienen ustedes merecidas todas las crisis que su profesión pueda sufrir. Y me tendrá a mí, además, para contarlas todas, una detrás de otra, en mis artículos y estudios.
¿Más? Lee a Enrique Dans (muy detacable esto).