182

Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos.

178

No me basta darte todo, pues todo
lo que tengo, lo que soy, me parece tan poco…

Tengo tan sólo un amor trémulo y gris sin ti,
y el deseo de susurrarte siempre
con mi mirada, un te quiero, a bocajarro,
que nos resquebraje, sí, que nos mate
pues es inevitable disolverse, morir,
para poder renacer al fin siendo sólo uno.

Lo poco que puedo ofrecer no es más
que ceniza. Si embargo, pienso a veces
que hasta la ceniza puede ser bella.

Ceniza al fin y al cabo…
pero ceniza enamorada siempre.

170

“Me limpio cuidadosamente con la servilleta bordada, la poso de nuevo sobre mi regazo, sirvo un poco más en mi copa –una pieza con una talla exquisita- de este Oporto aromático, ligeramente afrutado y muy suave. Doy un pequeño sorbo, lo paladeo y asiento en señal de aprobación. Después tomo de la fuente de plata una granada de buen tamaño y la giro en mis manos antes de situarla en el plato y echar mano a los cubiertos para el postre. Los puños de mi camisa italiana de seda están manchados de semen y los gemelos poco bruñidos, de modo que apenas emiten destellos en la penumbra originada por la tenue iluminación a base de velas. Es extraño el regusto en el paladar a saliva ajena. Me gustan las granadas y los candelabros. Sobre todo las granadas.”

Alas de deseo

Que dejase escapar lo que hay en mi interior
significaría el fin del mundo.

La llamarada asolaría todo a su paso
dejando tan sólo parajes yermos,
tierras devastadas, secas, estériles,
que nuestras lágrimas recobrarían.

Al fin y al cabo todo es nuevo ahora:
mi cama es algo ajeno,
nadie aguanta de nuevo mi mirada,
mi mano se siente tan desnuda sin la tuya…

Y es que el amor es una carga terrible
que nos dota siempre de alas flamígeras
para salvar prontos cualquier obstáculo.

Amar, mi niña, nos transforma en ángeles…