720

Eran días atravesados por los símbolos. Tuve un cordero negro. He olvidado su mirada y su nombre.

Al confluir cerca de mi casa, las sebes definían sendas que, entrecruzándose sin conducir a ninguna parte, cerraban minúsculos praderíos a los que yo acudía con mi cordero. Jugaba a extraviarme en el pequeño laberinto, pero sólo hasta que el silencio hacía brotar el temor como una gusanera dentro de mi vientre. Sucedía una y otra vez; yo sabía que el miedo iba a entrar en mí, pero yo iba a las praderas.

Finalmente, el cordero fue enviado a la carnicería, y yo aprendí que quienes me amaban también podían decidir sobre la administración de la muerte.

[Extraído de Lápidas, Antonio Gamoneda]

694

Tengo ruidos en la nuca, doctor.
Siento el cráneo apretar y crujir,
sobre todo si hay penas. No sé…
Hace ya siete años, doctor,
que en vez de pensamiento tengo un ruido
y una pasta muy triste en la cabeza.

Yo haré lo que me diga; yo tendré
paciencia y confianza. Puede ser.
Yo tomaré las medicinas
para poder pensar en mis amigos.

Pero si lo que ocurre, doctor,
es que tengo algún mal que se produce
a causa del amor
y el pensamiento de la resistencia,
entonces, déjelo; esto no es
más que nuestro sonido natural.
Yo viviré
mejor con este ruido en la cabeza.

[Tatareando a Nazim, extraído de Esta luz, Antonio Gamoneda]

681

Que no te engañe
el silencio de un nudo
en la garganta
o el temblor en los labios.

No, no lloraba en realidad.

Tan sólo era que ni siquiera mis
lágrimas
estaban ya dispuestas
a dejar pasar la oportunidad
de contemplarte.