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“Recuerdo perfectamente la tercera vez que hice desaparecer a alguien. Al fin y al cabo mi labor es, en cierto modo, la de un ilusionista. Me dedico con devoción de mártir a hacer desaparecer personas; poco más que un cuerpo consagrado a hacer desaparecer otros cuerpos, en definitiva. Asesinatos exquisitos para 9 mm y viola de gamba, algo así como ejecutar la segunda sinfonía de Gustav Mahler –Resurrección- tocando el violín con una deliciosa sierra para autopsias. Recuerdo asimismo la tercera vez que me enamoré; todo esto fue muy parecido entre sí, hasta cierto punto. No obstante, imagino que será difícil para los demás encontrar la relación entre una y otra experiencia. En cierto modo, nos pasamos la vida muriendo, ya muriendo de asfixia, ya muriendo de amor. Al fin y al cabo la vida es una enfermedad terminal.”