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“Cierto es que algunos de nosotros podríamos dejar a alguien como un queso de gruyere y besarlo en los labios sin pestañear mientras presenciamos su autopsia. Nos miran a veces por la calle, de reojo, porque vamos de negro, ataviados con trajes caros y maletines, diseminando a nuestro paso un perfume dulzón y algo sórdido, una fragancia a muerte y tulipanes plateados, con encanto. Es posible torturar a alguien hasta la muerte sin tan siquiera despeinarse, doy fe de ello. No obstante, en el fondo no somos mala gente. El mundo nos ha hecho así, ¿verdad?

Como si el silenciador del subfusil sirviese para hacerse la manicura.”

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“Cierto es que algunos de nosotros podríamos dejar a alguien como un queso de gruyere y besarlo en los labios sin pestañear mientras presenciamos su autopsia. Nos miran a veces por la calle, de reojo, porque vamos de negro, ataviados con trajes caros y maletines, diseminando a nuestro paso un perfume dulzón y algo sórdido, una fragancia a muerte y tulipanes plateados, con encanto. Es posible torturar a alguien hasta la muerte sin tan siquiera despeinarse, doy fe de ello. No obstante, en el fondo no somos mala gente. El mundo nos ha hecho así, ¿verdad?

Como si el silenciador del subfusil sirviese para hacerse la manicura.”

El ciego

Dicen que, una vez, había un ciego sentado en la vereda, con una gorra a sus pies y un pedazo de madera que, escrito con tiza blanca, decía:

«POR FAVOR AYÚDEME, SOY CIEGO».

Un creativo de publicidad que pasaba frente a él se detuvo y observó unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta y, con una tiza, escribió otro anuncio. Volvió a colocar el pedazo de madera sobre los pies del ciego y se fue.

Por la tarde el creativo volvió a pasar frente al ciego que pedía limosna y observó que su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él el que reescribió su cartel y, sobre todo, qué había puesto. El publicista le contestó: «Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras», sonrió y siguió su camino.

El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía:

«HOY ES PRIMAVERA Y NO PUEDO VERLA».

[alguien me envió esta historia mediante mail hace algún tiempo. Interesante, ¿verdad?]