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“Algunas noches meterse entre las sábanas es como subirse al cadalso, como si se tratase de un patíbulo de seda coronado de exvotos extraños y mórbidos. Algunas noches olvido que el género importa, y me preocupo tan sólo de peregrinar de ti a mí, en una suerte de procesión carnal, herética, sacrílega, como si tus brazos se tratasen de una soga que rodease mi cuello y tu lengua pudiese describir pinceladas de placer edulcorado por mi piel.

Al fin y al cabo el amor no es más que ese rincón en el que nos acurrucamos en ocasiones para poder huir temporalmente de nosotros mismos.”

205

Yo sé que alguien me besa la espalda nada más
Ignoro si es mujer o materia de sueño
Y sé también que algunos ángeles te espiaron
sentados en los altos de cipreses muy quietos
Vi al diablo quemar jazmines una vez
Los muertos por las noches tocan flautas
Y los buitres los buitres los buitres
como si se pudieran posar en mis pestañas
Por las calles me miran los gatos melancólicos
mientras yo pienso en perlas soy así
Montado en un caballo que no tiene cabeza
yo soy así yo soy así yo soy así
Tu mar tu manicomio de espuma ten en mí
el hombre que te mira únicamente solo
Los peces con su sangre pequeña me conocen
y las algas que son los pelos de mi espíritu
Hombre rubio del Norte tú no puedes
saber nada del ogro sangriento que yo soy
Sólo los que conocen la pena de esos gatos
saben acariciar mi cabeza salada.

[Oda a la sangre, extraído de Los poemas de 1944, Carlos Edmundo de Ory]

204

Aquí debemos aclarar ciertos puntos importantes relacionados con la finalidad última del arte, que no es aceptar el estado de alineación sino lograr una conciliación. Puede decirse que las experiencias humanas existen, en lo que a nuestra consideración y nuestro deleite se refieren, únicamente cuando se proyectan de la mente a alguna forma material, y también puede decirse que tal plasmación de la experiencia sobrevive sólo cuando tiene las características específicas de la obra de arte. Esas características son la belleza y la vitalidad, que se dan por separado o juntas, y cuya conjunción en una obra de arte les otorga el máximo de fuerza y perdurabilidad. La belleza es objetiva, puede medirse o definirse (como proporción, equilibrio, armonía); la vitalidad es subjetiva o somática, instintiva e intangible, “la vida que bulle en su fuente misma buscando manifestarse”, como escribió D. H. Lawrence, quien bien podría haber agregado que esa fuente penetra hasta los niveles inconscientes de la psiquis.

Resulta, pues, que uno de los factores fundamentales del arte (la belleza) es concreto, universal, típico, mensurable y, en razón de ello, impersonal; el otro factor, la vitalidad, extrae sus energías, quizá también sus imágenes, de una fuente (el inconsciente) que, según el psicoanálisis, es igualmente impersonal (el inconsciente colectivo). La singularidad se da exclusivamente cuando estos dos factores se aúnan en la conciencia de un individuo para ser luego proyectados al exterior. Lo único y singular es el hecho; la manera y no la materia. Abonan esta conclusión las metáforas usadas por los propios artistas para describir la experiencia de la creación. El símil del árbol que utiliza Paul Klee es quizás el más conocido. El artista es el tronco del árbol que toma vitalidad del suelo, de las profundidades (el inconsciente), para transmitirla a la copa del árbol, que es la belleza. Otros creadores han empleado metáforas iguales o semejantes a ésta, entre ellos, Goethe, Novalis, Blake, Rilke y Picasso.

De lo antedicho se desprende que el artista actúa meramente como instrumento. Transmite o manifiesta aquello que le llega desde las profundidades de su psiquis, sólo que en el proceso de transmisión se produce una transformación. El artista no comunica una experiencia única, más bien se trata de una experiencia común a la que reviste de una definición y precisión que antes no tenía. ¿Qué pone el artista? Cierta medida de disciplina personal, concentración e introspección, que sirven para liberar a la vez que canalizar y convertir en objetos bellos las energías que manan de un inconsciente impersonal. Esta metáfora viene a desmentir una falacia generalmente aceptada, que se encuentra en todas las teorías del arte que consideran única la experiencia individual y que constituye la base del expresionismo: la idea de que el propósito del arte es “expresar” un sentimiento, una disposición anímica, una actitud, un estado espiritual, una impresión de la naturaleza. […]

[…] Al artista no le interesa la experiencia en sí, ni siquiera le importa transmitir su sentir como tal. Su objetivo es establecer un orden en sus percepciones y sensaciones […].

[fragmento extraído de Arte y alienación, de Herbert Read]

Adiós quelonios, adiós.

Esta mañana me han dado luz verde para donar al zoológico de la ciudad mis cuatro ejemplares adultos de Chrysemis scripta elegans.

Tras más de diez años prodigándoles atenciones me resultará algo extraño. Pero es lo mejor para todos.