Estimado J,
Me parece perfecto que esté dispuesto a vender su alma. Pero tan barata…
Le saluda atentamente,
A. Ego
Estimado J,
Me parece perfecto que esté dispuesto a vender su alma. Pero tan barata…
Le saluda atentamente,
A. Ego
Solo el infortunio puede convertir un corazón de roca en un corazón humano.
François de Salignac de La Mothe Fenelón
¿O era al revés?
No hace muchos años, la cultura de clubes era algo underground y minoritario. Hoy en día ya son un fenómeno de masas, una máquina colosal de entretener y hacer dinero. Algunos, con todo, se sienten desbordados en las macrodiscotecas y están desertando. Tienen un concepto distinto de la diversión, más sencillo, pero no por ello menos sofisticado. Frente a la incomodidad y densidad, confort y espacio. Ante la vulgaridad, exclusividad. La cultura de clubes, degenerada en un circo a tres pistas (de baile), vive ahora su pináculo, pero también está conociendo su punto de inflexión: el retorno al garito reducido y casi secreto. La intrarrevolución ha comenzado.
Al hacerse masiva la cultura de clubes, las discotecas se han hipertrofiado hasta mutar en monstruos en medio de los polígonos y páramos de las afueras, con las inevitables colas y aglomeraciones. El transporte en sí, y por mucho que faciliten buses gratis de ida y vuelta, no deja de ser una molestia extra.
EL GUSTO DEL URBANITA
Como dice Álex Balaclava (31 años, músico): «Las macrodiscotecas me parecen un espanto; te arruinan, entre lo que uno se deja en copas, drogas, transporte, entradas y chalecos antibalas por la gentuza que hay». Tolo Cañellas (31 años, psicomago y chamán) es más contundente: «Me parecen lo peor; siempre están superlejos y no hay taxis para volver». Para un perfil muy concreto de urbanita (culto, sofisticado y de una cierta edad, normalmente a partir de los 30), este panorama lúdico a escala King Kong es un disparate y un horror. Elena Mozo (27 años, coordinadora de La Noche en Vivo) lo resume así: «Me resulta todo muy impersonal». Ya son muchos los disidentes que huyen del tinglado discotequero dominante y prefieren la calidad a la cantidad. Algunos que se lo pueden permitir han cambiado el democrático mogollón por el canalleo fino y restringido. Es decir, alquilan un local, escogen un puñado selecto de amigos y se montan la fiesta por su cuenta, con un aliciente extra: entera discreción.
Es lo que propone, en Barcelona, el Renaissance Private Members Club. Su planta de arriba comprende cafetería y restaurante abiertos al público, pero en su sótano se distribuyen salones nobles, decorados a lo Titanic, que pueden albergar saraos particulares de distinta envergadura (grupos de 10 a 40 personas). Los invitados acceden mediante tarjeta magnética (www.renaissancebcn.com). n Madrid encontramos el hotel temático Heranfú, abierto hace apenas unos meses. Cuenta con un catálogo de habitaciones decoradas ad hoc, entre lo exótico (como la africana Nairobi) y lo futurista (la llamada Matrix), que se pueden alquilar como exclusivo nido de amor y, sobre todo, para jolgorios a puerta cerrada, lo más solicitado. El precio de este privilegio: 300 euros la noche, hasta las diez de la mañana, y pudiendo acoger una lista de invitados de hasta veinte personas. Te ayudan además a redondear tu fiesta privada consiguiéndote DJ, gogo’s o strippers (www.heranfu.com). Hay también quien se las apaña del todo por su cuenta y riesgo. Como Santos, peluquero madrileño que, junto al fotógrafo Cris 3, arriendan la Casa de Extremadura (en un pedazo de piso de la Gran Vía madrileña) y organizan allí sus farras, con mucha música negra y acceso restringido: sólo se informa a conocidos mediante e-mail o SMS, a los que se les facilita un código de cifras que luego deberán teclear en el telefonillo del portal si quieren subir a la fiesta. Como apunta Cris 3, así consiguen «intimidad ». Santos y Cris 3, ambos de 31 años, tienen intención de organizar en ese piso una residencia mensual, cuidando de no exceder el aforo para no echar a perder esa sensación de comunidad exclusiva. La tendencia se confirma en todo el país: en Barcelona, la flor y nata de la noche frecuenta un bar del Raval, La Bata de Boatiné, al que para entrar hay que llamar a un timbre. En Madrid, el club Nasti hace ya tiempo que, a partir de ciertas horas, cierra sus puertas a quien no es cliente habitual. La conclusión es que, por parte de algunos adelantados y como reacción casi aristocrática a las macrodiscotecas, la noche se está poniendo íntima, como una pequeña plaza. ¿Tienes ya tu club privado?
Fuente: http://calle20.20minutos.es # David Pallol
Creo que la única pregunta que me formulé en el vuelo del pasado jueves fue cuántos de los pasajeros pretendíamos vender algo.
Aunque la respuesta es sencilla: casi todo el mundo quiere vender algo.

Supongo que todo lo que queda después de un viaje son facturas y, en el mejor de los casos, un puñado de recuerdos.