Clubbing

Santo y seña

No hace muchos años, la cultura de clubes era algo underground y minoritario. Hoy en día ya son un fenómeno de masas, una máquina colosal de entretener y hacer dinero. Algunos, con todo, se sienten desbordados en las macrodiscotecas y están desertando. Tienen un concepto distinto de la diversión, más sencillo, pero no por ello menos sofisticado. Frente a la incomodidad y densidad, confort y espacio. Ante la vulgaridad, exclusividad. La cultura de clubes, degenerada en un circo a tres pistas (de baile), vive ahora su pináculo, pero también está conociendo su punto de inflexión: el retorno al garito reducido y casi secreto. La intrarrevolución ha comenzado.

Al hacerse masiva la cultura de clubes, las discotecas se han hipertrofiado hasta mutar en monstruos en medio de los polígonos y páramos de las afueras, con las inevitables colas y aglomeraciones. El transporte en sí, y por mucho que faciliten buses gratis de ida y vuelta, no deja de ser una molestia extra.

EL GUSTO DEL URBANITA

Como dice Álex Balaclava (31 años, músico): «Las macrodiscotecas me parecen un espanto; te arruinan, entre lo que uno se deja en copas, drogas, transporte, entradas y chalecos antibalas por la gentuza que hay». Tolo Cañellas (31 años, psicomago y chamán) es más contundente: «Me parecen lo peor; siempre están superlejos y no hay taxis para volver». Para un perfil muy concreto de urbanita (culto, sofisticado y de una cierta edad, normalmente a partir de los 30), este panorama lúdico a escala King Kong es un disparate y un horror. Elena Mozo (27 años, coordinadora de La Noche en Vivo) lo resume así: «Me resulta todo muy impersonal». Ya son muchos los disidentes que huyen del tinglado discotequero dominante y prefieren la calidad a la cantidad. Algunos que se lo pueden permitir han cambiado el democrático mogollón por el canalleo fino y restringido. Es decir, alquilan un local, escogen un puñado selecto de amigos y se montan la fiesta por su cuenta, con un aliciente extra: entera discreción.

Es lo que propone, en Barcelona, el Renaissance Private Members Club. Su planta de arriba comprende cafetería y restaurante abiertos al público, pero en su sótano se distribuyen salones nobles, decorados a lo Titanic, que pueden albergar saraos particulares de distinta envergadura (grupos de 10 a 40 personas). Los invitados acceden mediante tarjeta magnética (www.renaissancebcn.com). n Madrid encontramos el hotel temático Heranfú, abierto hace apenas unos meses. Cuenta con un catálogo de habitaciones decoradas ad hoc, entre lo exótico (como la africana Nairobi) y lo futurista (la llamada Matrix), que se pueden alquilar como exclusivo nido de amor y, sobre todo, para jolgorios a puerta cerrada, lo más solicitado. El precio de este privilegio: 300 euros la noche, hasta las diez de la mañana, y pudiendo acoger una lista de invitados de hasta veinte personas. Te ayudan además a redondear tu fiesta privada consiguiéndote DJ, gogo’s o strippers (www.heranfu.com). Hay también quien se las apaña del todo por su cuenta y riesgo. Como Santos, peluquero madrileño que, junto al fotógrafo Cris 3, arriendan la Casa de Extremadura (en un pedazo de piso de la Gran Vía madrileña) y organizan allí sus farras, con mucha música negra y acceso restringido: sólo se informa a conocidos mediante e-mail o SMS, a los que se les facilita un código de cifras que luego deberán teclear en el telefonillo del portal si quieren subir a la fiesta. Como apunta Cris 3, así consiguen «intimidad ». Santos y Cris 3, ambos de 31 años, tienen intención de organizar en ese piso una residencia mensual, cuidando de no exceder el aforo para no echar a perder esa sensación de comunidad exclusiva. La tendencia se confirma en todo el país: en Barcelona, la flor y nata de la noche frecuenta un bar del Raval, La Bata de Boatiné, al que para entrar hay que llamar a un timbre. En Madrid, el club Nasti hace ya tiempo que, a partir de ciertas horas, cierra sus puertas a quien no es cliente habitual. La conclusión es que, por parte de algunos adelantados y como reacción casi aristocrática a las macrodiscotecas, la noche se está poniendo íntima, como una pequeña plaza. ¿Tienes ya tu club privado?

Fuente: http://calle20.20minutos.es # David Pallol

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