«No estés triste, porque quiero abrazarte», dijiste entonces.
Supongo que ahora ya puedo estar triste.
Mucha suerte, mi amor.
«No estés triste, porque quiero abrazarte», dijiste entonces.
Supongo que ahora ya puedo estar triste.
Mucha suerte, mi amor.
Oh Diosa, a ti me encomiendo de corazón. Te suplico una muerte rápida y piadosa en tu campo de batalla, te ruego que no me niegues tu afilada misericordia.
Amén.
Quedó en la tierra donde nadie clava
las banderas del triunfo.
Era muy joven, casi adolescente,
estaba herido.
Una lengua de sangre le chupaba
las piernas en el barro negro y frío.
Volaban en la pólvora frenética
gritos de batallones perseguidos.
Él, callando, moría
con el casco vencido entre las manos
como la calavera de sí mismo.
En las ráfagas próximas
nuevas muertes colgaban de los himnos.
Otros hermanos, con las bayonetas
de cara al enemigo,
amontonaban rostros espantados
en el campo de guerra embravecido.
Sus despoblados ojos
comenzaron a hundirse en el abismo
donde pasea Dios solo en la noche,
arrastrando los huesos de los siglos.
[Último Azar, Alejandro Gaos]
¿Cuántos frutos pueden dar las semillas del dolor?
El amor en la distancia es como el viento en el fuego. Si es pequeño, se apaga; si es grande, se hace incendio.
Dicen.