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La evidencia

Así pues, conocida la primera evaluación del ministerio fiscal -que es la que cuenta, o al menos que cuenta más que la de otros muchos- sobre los pirómanos, y ratificada por él la inexistencia de la trama incendiaria, habrá que estar a la espera de oir qué replican quienes sostuvieron lo contrario. Empezando por el ministro del Interior, nada menos, y terminando por la señora Narbona, sin olvidar a otros cargos medios e incluso a una parte de la intelligentsia, que a grito pelado secundaba consignas disparatadas en la última manifestación patriótica.

Como muchas veces la evidencia es la madre de la ciencia, y a nadie le gusta aparecer como un botarate, hay ya quien empezó el envaine. Pero, lejos de hacerlo con alguna dignidad, ha optado por negar la mayor y que emplease la palabra trama, que ahora descarta el fiscal. Es el caso de algunos muy altos cargos de la Xunta, que no saben cómo compatibilizar el que no exista organización con sus acusaciones anteriores de que el supuesto terrorismo forestal planteó un desafío al país; y, para ser exactos, “el mayor desafío que se ha conocido nunca”. Caramba.

Claro que, a partir de esa evidencia, pueden surgir otras interpretaciones más aviesas. La primera de ellas, que quienes acusaban sabían que lo del desafío era sólo retórica, pero iba bien para disfrazar los errores y la imprevisión, factores que sí provocaron que los incendios se desbordasen. Y si algo de eso hubiere se entendería mejor la absurda táctica de negarse a investigar como Dios manda; quizá porque, de hacerse, se llegaría a la conclusión de que no había lo que dijeron que había, y eso significaría otra responsabilidad política que unir a la del fracaso: la de la mentira.

Hay otra posibilidad: la de que alguien pueda explicar que los terroristas desafiadores sean unos cuantos ancianos, media docena de pirómanos, tres decenas de canallas; y algunos enfermos mentales que, por esa condición, resultarían penalmente irresponsables. Pero un gobierno -cualquier gobierno- que imputase a todos ellos capacidad bastante como para desafiarle, y con cierto éxito -porque habrían logrado la mayor catástrofe forestal de la historia del país-, tendría que marcharse al día siguiente. Por una simple cuestión de sentido común.

Dicho todo lo anterior, e incluyendo la insistencia en que alguien debería disculparse públicamente, hay un par de cosas que añadir. La primera, que si no casa con la realidad lo dicho por la Xunta, lo que acaba de plantearse por el ministerio fiscal tampoco lo hace con la lógica; porque quizá no pueda hablarse de trama organizada, como dijeron Rubalcaba y otros, pero es inverosímil una casualidad general, o que un par de delincuentes vuelvan casi inoperativo el aeropuerto de Santiago. Lo segundo, pues, es que procede recuperar el antiguo quid prodest para buscar la verdad.

O sea, para investigar en serio, en lo judicial y en lo político. Y la pregunta latina es válida también en lo parlamentario, sólo que traducida: ¿hay alguien a quien convenga que no se investigue…?

¿Eh?

Javier Sánchez de Dios en Faro de Vigo