196

“Esporádicamente vivo una noche ininterrumpida. Respiro una oscuridad abrupta y enconada, abrasiva, devoradora, bífida, como si lo más luminoso que pudiese aspirar a ver fuese el interior de mis párpados. En esas circunstancias sería capaz de proporcionar placer con algo de caviar iraní y un martillo neumático, pues el placer presenta miles de pliegues ocultos que no todo el mundo se atreve a desvelar.

Casualmente, yo no soy todo el mundo.”

187

Rómpeme, sí, destrózame
por dentro abriéndote camino, vamos,
desgárrame, lacérame, aplástame,
trónchame ya, desbórdame
como si fuese dedal perdido en el océano
o rama bajo el peso de la nieve.

No te tengo ningún miedo, Amor,
aunque duelas a veces como nunca
y aunque me sienta a veces como un recién nacido.

Porque eres lo mejor que me ha pasado…

186

Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente.