La teoría propuesta por Kandinski puede resumirse así: el arte comienza allí donde termina la naturaleza (Óscar Wilde también lo dijo). El arte nace de una necesidad interna, de la necesidad de plasmar un sentir personal en una forma objetiva (la naturaleza es un obstáculo para comunicar lo que se siente con exactitud). La obra de arte es una construcción (no necesariamente geométrica) que hace uso de todas las posibilidades de la forma y el color –no de manera evidente, pues a veces la construcción mejor lograda no es la que salta a la vista- y se compone de formas aparentemente fortuitas, interrelacionadas “de alguna manera“, pero, en realidad, unidas con absoluta precisión. “La expresión abstracta única de toda creación es el número”, afirmó Kandinski, sin dejar de reconocer que los elementos con que trabaja el artista son muchas veces irregulares, por lo cual resulta difícil traducir su estructura en una fórmula matemática. El motivo es siempre psicológico; Kandinski no vacilaba en decir “espiritual”, aunque el vocablo alemán que empleaba –geistig- no tiene el matiz supersticioso de la palabra inglesa. Mas “el artista debe tener algo que comunicar, pues su objetivo no es dominar la forma sino más bien adaptarla a eso interior que desea plasmar”. Lo sujetivo es lo que decide en última instancia, es la piedra de toque; y en esto Kandinski se identifica con la teoría expresionista del arte. “Lo que nace de una necesidad interior, lo que surge del alma, eso es hermoso”.
[Fragmento extraído del libro titulado Arte y alienación, de Herbert Read]