«[…] Cuando entro en el cuarto de baño, iluminado por las velas aromáticas que acabas de encender, estás ya de pie en la bañera, que se llena lentamente llenando de vaho la estancia. Cojo del estante los útiles que utilizas para rasurarte, y te los tiendo, sentándome a continuación para observarte. Procedes entonces a dejarte minuciosamente suave, como sabes que adoro, y me acerco, con las mangas remangadas, para lavar todo tu cuerpo… Tu piel blanca contrasta evocadora con la negrura de la bañera y mis manos guían de forma exhaustiva la esponja exfoliante por toda tu anatomía, no en vano la conocen a la perfección. Cuando considero que tu higiene es perfecta, dejo a un lado la esponja y acaricio tu sexo con tanta delicadeza que resulta casi imperceptible, mientras te beso una vez más, muy despacio.
Antes de que el esfuerzo por dejarte lo más limpia posible se torne inútil, tomo una de tus manos para ayudarte a salir de la bañera, y comienzo a secarte sin prisa. Tienes el pelo muy corto, estilo chico, de modo que no es necesario invertir demasiado tiempo hasta conseguir que estés bien seca.
Nos dirigimos entonces al comedor, donde esperas pacientemente mientras extiendo en la mesa de ébano un fragante mantel burdeos, sobre el cual te tiendes boca arriba con mi ayuda, brazos extendidos a lo largo del cuerpo y piernas juntas. Cierro tus ojos con una de mis manos, y percibes los pequeños sonidos que denotan el inicio de la combustión de una barrita de incienso, acompañados por un álbum de Rajna que acabo de seleccionar como acompañamiento musical para la velada que comienza.
Eres una imagen increíblemente deliciosa.
Pasan unos minutos, durante los que tratas de concentrarte en la música, hasta que percibes de nuevo mi proximidad y sientes algo frío que se posa en tu pubis. Quizás un cuenco de porcelana, grande.
Segundos después hueles algo muy próximo a tu boca. Algo familiar, difícil de confundir… sashimi, sin duda. Cuando sientes un roce frío en tus labios los entreabres ligeramente, descubriendo al liberar de los palillos la porción de pescado fresco y paladearla que se trata de anguila, con algo de salsa de soja. Voy dándote lo que calculas que es una ración completa, y limpio entonces tu boca con una servilleta de tela que, aunque no puedes ver, sabes a juego con el mantel. Llegado ese momento, retiro el cuenco que reposaba sobre ti, y acerco a tu boca algo que no logras identificar inicialmente, pero que huele a menta con gran intensidad. Cuando ese algo ligero y crujiente se posa sobre tus labios, lo capturas y tu paladar se inunda de un intenso sabor que borra todo rastro del sashimi, cosa que tampoco te importa porque se trata de una especie de pastelillo hojaldrado que nunca habías probado antes. Te limpio de nuevo con la servilleta y caen entonces en tus labios unas gotas, que al deslizarse inflaman tu lengua pues se trata de un licor muy fuerte, similar al saque.
Lo siguiente que hago es colocar uno de los palillos de madera entre tus dientes, de modo que emitir cualquier sonido se dificulta notablemente.
Y eres una imagen increíblemente deliciosa, sí. […]»