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No sé dónde meter los libros. Recientemente llené una caja con obras de narrativa, esencialmente, para hacer espacio en mi habitación. Mis cosas no caben ya por ningún rincón. Se ve que necesito mi propio espacio, éste se me ha quedado pequeño.

El saldo de mi tarjeta monedero para el transporte público se quedó ayer en 6’66 € cuando cogí el bus para llegar a la estación de ferrocarril, camino a Pontevedra. Me hizo gracia.

La fiesta, muy bien; contacto con los habituales, algunas ausencias, caras nuevas… Con respecto a la espera en la estación por el resto de la gente, con cierta indiferencia. En realidad tan sólo mi cuerpo estaba allí.

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“Me limpio cuidadosamente con la servilleta bordada, la poso de nuevo sobre mi regazo, sirvo un poco más en mi copa –una pieza con una talla exquisita- de este Oporto aromático, ligeramente afrutado y muy suave. Doy un pequeño sorbo, lo paladeo y asiento en señal de aprobación. Después tomo de la fuente de plata una granada de buen tamaño y la giro en mis manos antes de situarla en el plato y echar mano a los cubiertos para el postre. Los puños de mi camisa italiana de seda están manchados de semen y los gemelos poco bruñidos, de modo que apenas emiten destellos en la penumbra originada por la tenue iluminación a base de velas. Es extraño el regusto en el paladar a saliva ajena. Me gustan las granadas y los candelabros. Sobre todo las granadas.”

Aún no

Creo que podría. Podría escribir.
Escribir más, mucho, mucho más
y haceros llorar con mis palabras.

(Sí, claro que podría, porque ese es uno de mis dones)

Pero algunas cosas sólo deben ser compartidas con las personas adecuadas.

Y es que en realidad soy un privilegiado.

Alas de deseo

Que dejase escapar lo que hay en mi interior
significaría el fin del mundo.

La llamarada asolaría todo a su paso
dejando tan sólo parajes yermos,
tierras devastadas, secas, estériles,
que nuestras lágrimas recobrarían.

Al fin y al cabo todo es nuevo ahora:
mi cama es algo ajeno,
nadie aguanta de nuevo mi mirada,
mi mano se siente tan desnuda sin la tuya…

Y es que el amor es una carga terrible
que nos dota siempre de alas flamígeras
para salvar prontos cualquier obstáculo.

Amar, mi niña, nos transforma en ángeles…

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Me encanta esta BSO, incluye numerosos temas con clavicordio, instrumento que me parece absolutamente orgásmico. La película no está mal del todo (de hecho merece la pena más que nada por el sr. J. Malkovich, la ambientación y la BSO).

En fin. Regresé este lunes. No sé hasta qué punto no he dispuesto de tiempo para escribir desde entonces y hasta qué punto sencillamente no he estado dispuesto a sacarlo.

Ahora ha llegado el momento de que retome de nuevo mis obligaciones; esta manaña ya he pasado por la autoescuela y debería comenzar a repasar alemán para afrontar el comienzo del nuevo curso en la EOI con ciertas garantías (que tendría que haberse inaugurado ayer, cosa que no ha ocurrido porque aún no tenemos docente asignado).

Cada vez que he salido de casa ayer y hoy he conseguido empaparme, y eso a pesar del paraguas y el chubasquero. Ha llegado el otoño, sí.

Pero el otoño es hermoso. Y éste, más que nunca.