Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente. Y continúas erguida frente a mi, muda, con los ojos vendados. Vulnerable, indefensa, frágil, pero sin temor alguno, confiándote en mis manos: sabes que nunca te dejarán caer. Tus ropas descansan cuidadosamente dobladas en una de las esquinas de esta sala vacía, junto a un ramo de rosas, una de las cuales he tomado. No es necesario ver a alguien para percibir su presencia, para sentirlo cerca. Poso el capullo de la rosa en tus labios. Huele a incienso, a nosotros, y la fragancia de la flor se manifiesta también. Imprimo sin prisa un movimiento descendente a la rosa, acariciando tu cuerpo con una cadencia tersa, como podría hacerlo con una fusta o con las yemas de mis dedos. El cuello, los senos, un pezón, el abdomen, sobrepaso el ombligo, bajando más, rodeando la vulva hasta alcanzar tus ingles, ascendiendo de nuevo, recorriendo tu espalda, tu cuello… Te estremeces ante la suavidad implacable de ese pequeño puño de pétalos. Tomo contacto con la vetusta madera de este suelo para besar uno de tus pies. Subo, lentamente, diseminando besos a mi paso por toda tu geografía. Recuerdas que te he dicho que besaría todo tu cuerpo, ¿verdad? Pongo atención para no pincharme con las espinas de la rosa. Poso el capullo de la rosa en tus labios, lo aparto para poder besarte, deposito un ósculo indefinible en tu frente.
carmesí
Contenidos de índole personal (vivencias, reflexiones, etc.).
185
Yo me alieno
Tú te alienas?
Él se aliena
Nosotros nos alienamos
Vosotros os alienáis
Ellos se alienan
184
Últimamente estoy descansando poco y mal (hoy amanecí a las 06:30 h. con una sed horrible); además, ayer me levanté con dolor de cuello… y no ha desaparecido aún. ¿A qué me dedico mientras duermo?
A estas alturas, temprano por la mañana el aliento se convierte ya en vaho y algunas calles están cubiertas de hojas secas; me fascina el sonido de mis pisadas sobre esa alfombra ocre-amarronada.
Actividades recientes: hacer tests, repasar el Código de Circulación, hacer más tests, comenzar el nuevo curso de alemán en la EOI, acercarme al INEM, acercame a la sede del ICEX (para informarme, entre otras cosas, sobre el programa PIPE).
Argh.
Descripción de mi entrada previa
Bucle. Iteraciones infinitas.
Para que luego digan que la informática carece de sentimiento.
La poesía está en todas partes, Si algo no os inpira… probad a mirarlo de nuevo.
Todo está en la mirada.
182
Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos. Abro los ojos. Huele a incienso. Estás en pie frente a mí, inmóvil en el centro de esta estancia vacía. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Respiro. He vendado tus ojos. También te he desvestido, lentamente. Tu cuerpo desnudo es muy hermoso. Continúas inmóvil mientras yo te observo, sentado, en silencio. En pie, frente a mí. La luz de la luna llena, que se derrama a través de la ventana, se refleja sobre tu piel. Tu cuerpo, desnudo, es terriblemente hermoso. Pierdo la noción del tiempo contemplándote. Cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, la madera cruje, tu pecho se mueve con cada exhalación, todo lo demás es quietud. Huele a incienso y a nosotros. Esto parece un sueño, pero no lo es. Sitúo durante unos segundos mi dedo índice sobre tus labios. Continúas frente a mí, en pie, quedamente. Cierro los ojos.