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Ayer, tras decidirlo a última hora, fui a ver May. No está nada mal, es como una especie de… ¿Amèlie sórdida?

Además de eso, casi he conseguido dejarme la cadera en un partido (sólo casi) y estoy dándole vueltas al Código de Circulación.

Y otras muchas cosas que no me apetece contar.

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“No sé si os ha ocurrido alguna vez. Tomas un lápiz blando, como si fuese un bisturí, y trazas una línea larga -y sanguinolenta-. Luego, otra. Y otra. Y así sucesivamente, hasta dar forma al rostro que te obsesiona. Y luego sombreas y empiezas a afinar en los detalles, las arrugas y demás, buscando la expresión exacta que te atormenta. Lo que queda sobre el papel es una mancha amenazante, como un hematoma en la conciencia, que te observa sin ojos. Como si, en vez de dibujar, estuvieses esculpiendo con las uñas un mausoleo de granito gris. Porque claro, los ojos es lo única que falta, lo que has dejado para el final. Y resulta que no te atreves a dibujar esos ojos… porque… te da… miedo. Bueno, el lápiz está algo resbaladizo porque tienes las manos sudadas (los trabajos limpios exigen guantes, qué falta de profesionalidad) y empiezas a constatar que la corbata te sienta como una soga de ahorcado y que tu tumba será una de esas que no visita nadie, para qué mentir. Y que a lo máximo a lo que puedes aspirar es a que el sacerdote no te envíe directamente al infierno con una palmada en la espalda cuando oficie tu funeral, mientras tu viuda lanza al aire confeti. Llegados a este momento de lucidez, arrugas el papel, cierras tus ojos y lo dejas caer en la papelera con mucha delicadeza, como si estuvieses depositando el cadáver de tu hijo recién nacido muerto.

Y te das la vuelta, haciendo ademán de irte, lo que ocurre es que sientes el escrutinio de esos ojos en el cogote. Los ojos que nunca has llegado a dibujar.”