Llegaste tocando a la puerta de la ciudad vieja
cuando el ángel de la muerte
mataba a seis millones de tus hijos,
te acogí entonces en mi casa
y nunca fuiste extranjero en ella.

Olvidaste, y hoy te miras en el espejo
de tus verdugos como uno de ellos.

Cada muerto, cada impotente grito
será una onza de plomo
adosada a tus alas
cuando vueles al valle de oscuridad.
De nada te servirán
los seis rostros luminosos de la estrella,
los siete brazos de la lámpara
porque no es el mundo
el que ha perdido la luz.

Jamás podrás alambrar mi libertad,
no has de borrar nunca mis huellas
con tus golems de cemento.

Porque cada piedra que a tu paso encuentres
pondrá tu propia existencia en duda.

El vientre de tus mujeres
recordará cómo murieron mis hijos
¿ Dónde piensas esconderte,
quizás detrás de la carroza de Elías?

Pero tus caballos se agotarán
en algún momento
como se agotan los pozos
que dan a beber a tus tribus.

Contigo trajiste la muerte a esta casa,
has secado la raíz de mi olivo.

Hoy, hasta las palomas mansas
temen mirarse en tus ojos.

[Los siete rostros de las estrellas, Daniel Montoly]

Vía | Boletín Poesía Salvaje

Escuchando: Beautiful lie – Louisa John-Krol

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