El sujetacorbatas lo quiero, era de mi padre.
Mi corazón puedes quedártelo, es tuyo…
Mes: septiembre 2003
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Y entonces chasqueó los dedos
y se volatilizó.
Y Kitty se pregunta : Que, Quien ?
«Se quitó la camiseta negra y ajustada, exponiendo a la luz de la luna un torso esbelto, fibroso y moreno. Sonrió, no sin cierto misterio, y giró sobre sí mismo, mostrando la espalda. Nadie tenía un tatuaje así. Desde la base de la columna ascendían dos líneas que se entrelazaban, como una cenefa o una filigrana, a modo de espiral o de enredadera, de forma simétrica, siguiendo el relieve de los erectores espinales. Al llegar a media espalda, justo en la inserción con el romboides y el trapecio, las dos líneas se unían, apuntando hacia la base del cuello, y un par de centímetros más abajo nacían dos ramificaciones convexas, que se extendían hasta la inserción del trapecio y los deltoides, adquiriendo forma de copa o algo parecido. El romboides estaba cubierto por un ángel cabalgando un estilizado dragón. Se trataba de un diseño sencillo y sobrio, casi tribal, sin exceso de detalles. El dragón tenía las alas extendidas, como si acabase de posarse en tierra o estuviese a punto de emprender el vuelo, y la posición de su cabeza conseguía el efecto óptico de estar dirigiendo su vista hacia el espectador; el ángel, un conjunto de líneas sencillas embebidas de azul, color predominante en todo el motivo, desnudo y silencioso, elevaba su vista al cielo. El conjunto transmitía una sensación extrañamente solemne y tranquila.»
TV digital
Hace unos días conseguí pasarme el tiempo íntegro que invertí en dar buena cuenta de mi cena -unos 25 minutos- viendo anuncios publicitarios en la televisión (y eso sin necesidad de zapear en exceso, pues la TV de la cocina no dispone de mando a distancia).
Fue un experimento interesante.
Y, además, los anuncios son parte del escaso contenido con cierto interés que se emite por TV hoy por hoy (a menos que puedas permitirte TV digital, claro está).
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Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino.
Emile M. Ciorán