Hace 10 días…

A pesar de que a veces casi olvido que acabas de nacer
me asusta siempre que puedas resquebrajarte entre mis brazos.

(Por eso soy tan cuidadoso).

Milagrosamente
aún sigues ahí.

Y es que en las yemas de mis dedos se han imprimado tus huellas dactilares
y por momentos no ha habido nada mucho más importante
que la combinación de tu sudor y mi saliva,
mis lágrimas y tus labios,
o tu cuello y mis susurros.

Porque -esto es una confesión- yo
he podido contemplarte
desde la distancia exacta.

La distancia justa
desde la que la belleza abrasa

y en la que todos somos perfectos
aunque sea sólo por unos instantes…

y no restan ya más palabras útiles.

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