A pesar de que a veces casi olvido que acabas de nacer
me asusta siempre que puedas resquebrajarte entre mis brazos.
(Por eso soy tan cuidadoso).
Milagrosamente
aún sigues ahí.
Y es que en las yemas de mis dedos se han imprimado tus huellas dactilares
y por momentos no ha habido nada mucho más importante
que la combinación de tu sudor y mi saliva,
mis lágrimas y tus labios,
o tu cuello y mis susurros.
Porque -esto es una confesión- yo
he podido contemplarte
desde la distancia exacta.
La distancia justa
desde la que la belleza abrasa
y en la que todos somos perfectos
aunque sea sólo por unos instantes…
y no restan ya más palabras útiles.
Qué bonito.
Hiriente
Belleza