Extiendo el brazo, abro el puño y de la palma de mi mano despega una formidable mariposa de colores oscuros, como un estigma. Cierro los ojos y continúo viendo a través de los párpados exactamente igual que antes. Llueve con suavidad algún que otro pétalo de orquídea.
El aire parece brillar a mi alrededor y no hay ni una nube en el cielo. De hecho, ni siquiera hay cielo. Huele a quietud. Trato de cantar y constato que no tengo boca. Articulo un silencio policromo que adopta significados diversos. Mi sombra se humedece por el contacto con el rocío acumulado sobre la hierba y ambos tiritamos por la lejanía. En la distancia se eleva, como una plegaria, una bandada de pájaros.
Energía en estado puro fluye por mis venas y el tiempo continúa con su canto. Mientras, la memoria fustiga humildemente al orgullo.
Las vocales se rebuscan entre las pequeñas piedras diseminadas por la pradera e incluso alguna que otra palabra se devora a sí misma. La oscuridad envuelve al olvido con su manto.
Parece que va a amanecer de nuevo. Mi corazón late a ratos. Beso mi propia imagen devuelta por el manantial y, trémula, se esfuma como una voluta de humo en una ráfaga de viento. Yo creía haber estado. Reescribo buena parte de mis identidades. Las lágrimas se endurecen progresivamente hasta adoptar apariencia de máscara. Esbozo una sonrisa y amago fe. Insisto en repetirme que nada ocurre.