El ciego

Dicen que, una vez, había un ciego sentado en la vereda, con una gorra a sus pies y un pedazo de madera que, escrito con tiza blanca, decía:

«POR FAVOR AYÚDEME, SOY CIEGO».

Un creativo de publicidad que pasaba frente a él se detuvo y observó unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta y, con una tiza, escribió otro anuncio. Volvió a colocar el pedazo de madera sobre los pies del ciego y se fue.

Por la tarde el creativo volvió a pasar frente al ciego que pedía limosna y observó que su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él el que reescribió su cartel y, sobre todo, qué había puesto. El publicista le contestó: «Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras», sonrió y siguió su camino.

El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía:

«HOY ES PRIMAVERA Y NO PUEDO VERLA».

[alguien me envió esta historia mediante mail hace algún tiempo. Interesante, ¿verdad?]

?

– Hola, ¿estás?
– No sé, depende de quién seas.
– Pues soy yo.
– No, yo soy yo, tú eres tú.
– Bueno, pero ¿estás o no?
– No sé.
– Pues nada, ya volveré en otro momento, tengo que ir a por una personalidad nueva.
– Pues nada, ha sido un placer.
– Adiós.
– Adiós.

Raro? ¿Dónde, Dónde? xD

«Érase una vez un príncipe que había amado mucho pero que no había tenido ni mujer ni hijos. Joven aún, los cabellos se le habían vuelto blancos del todo, plateados. Un día cayó enfermo. Los médicos pronosticaron una herida en el corazón. El mal se fue agravando. La herida se convirtió en tumor. Los diagnósticos se contradecían. Pero el tumor se hacía más y más grande y el corazón se empequeñecía progresivamente. Hasta que descubrieron que aquel tumor no era un tumor sino un embrión, un feto, que devoró el corazón por entero. Tuvieron que operar al príncipe para salvar al niño. El príncipe murió.»

[Cuento, extraído de Callejón sin salida, Josep Palau i Fabre]

122

Anoche visitamos a J, que tiene ya la pierna izquierda escayolada de arriba a abajo. Vimos Escalofrío y dimos buena cuenta de unas pizzas. Dejamos a J, nos fuimos a tomar algo y después R tuvo el detalle de acercarme a casa, cosa que le agradezco pues no tenía porqué hacerlo.

No he dormido demasiado y el cielo está cubierto. Los días nublados suelen traerme infinidad de recuerdos.

Dentro de unas horas estaré en la estación despidiendo a N e I.

Hoy se acaban las vacaciones de mucha gente, incluyendo mis vacaciones voluntarias. Ha llegado el momento de comenzar a moverse de nuevo.

121

«Me siento en la butaca y observo a mi hijo dormido.

Intento percibir todos los detalles: su pelo sobre la almohada, el rostro tan parecido al mío, pero delgado y blanco –ayer nos dijeron que tenía anemia-, los brazos enfundados en el pijama azul, los pliegues irregulares de la sábana. Pienso de repente que carece de sonido. Mi hijo, ahora, es sólo una imagen. Lo veo ahí acostado y me pregunto qué papel le han asignado en la vida. Pero mientras lo miro, se va yendo. Quisiera atraparlo de alguna forma, porque lo terrible es que se va más lejos a cada instante que pasa. Algo peor: que no logro comprenderle. No lo alcanzo: lo toco y lo beso, pero eso sólo es percibirlo. Sin sonido. Quizá podría ser mío en una pantalla –su imagen enorme-, pero ese cuerpo delgado y blanco se aleja más conforme lo miro. Y yo sigo mirándolo y no sé de qué va, ni por qué está ahí, ni cuándo acabará de estar, o qué quiere decirme. Porque Javi, ahí, en la cama, debe de querer decirme algo, pero si no veo su propósito –que quizá esté dentro de él, como su enfermedad-, ¿cómo saberlo? Me siento abandonado frente a su imagen, no sé qué significa, y eso es atroz: todo lo que se ve debería ocurrir siempre por alguna razón, y nosotros, los que vemos, tendríamos que conocerla. Pero ignoro el porqué de su cuerpo ahí acostado, de su rostro tranquilo y ojeroso, de su presencia en esta habitación tan preciosa y transparente.

Necesito un narrador. Un narrador detrás de mis ojos, que me cuente a mi hijo.

Mi rezo debería ser: “Oh, Dios, cuéntame a mi hijo, por favor”.»

[fragmento de La ventana pintada, de José Carlos Somoza]