Atari teenager

En un documental sobre la Guerra Civil donde se aborda el conflicto desde la perspectiva de las mujeres -madres, novias, trabajadoras, anarquistas, señoras de alta alcurnia-, una abuelita ya anciana, que ejercía de enfermera en un hospital de Barcelona durante los días posteriores a la rebelión fascista, cuenta cómo un miliciano anarquista pasaba los días acompañando a su hijo gravemente enfermo, que padecía una grave afección en el esófago. Aquel padre cariñoso, cuando caía la noche, se transformaba en uno de los miembros más activos de las hordas incontroladas que en aquellas primeras semanas caóticas se iban a la célebre carretera de l´Arrabassada que lleva al Tibidabo para matar a todo aquel sospecho de tener algo de dinero, ya fuese empresario de renombre o humilde panadero.

Aquel hombre llegó un buen día presumiendo que al anochecer dejarían a toda Barcelona sin luz, y tras besar a su niño se fue a seguir matando y a apagar la ciudad. Pocas horas después, tras una grave recaída, el hijo tuvo que ser intervenido de urgencia, pero en mitad de la operación la luz de Barcelona se fue y el quirófano no sólo quedó a oscuras, sino que los aspiradores de líquidos que estaban utilizando en la intervención dejaron de funcionar y el chiquillo murió sin remedio, ahogado en su propia sangre. Ufano, pletórico de poder, su padre llegó al día siguiente y pronto supo que la luz que él había contribuido a cortar había matado a su propio hijo. La anciana enfermera, más de sesenta años después de aquello, recuerda aún la profunda desesperación de aquel hombre que quiso matarse allí mismo golpeándose contra el suelo, cuando todo el odio que llevaba dentro, toda la injusticia, se volvió contra él de forma tan dramática.

Salvadas las distancias, una ciudad libre y joven como Vigo vive estos días sometida a la violencia gratuita de quienes dicen defender sus derechos, pero no hay derecho alguno que se pueda defender con capucha, y lo cierto es que las excusas de los dirigentes sindicales, pronunciadas con la boca pequeña, se parecen a las de aquel presidente futbolero que cuando condenaba a los Ultrasur parecía cruzar los dedos para perdonarse la mentirijilla.

A décadas de la Transición, las manifestaciones encabezadas por encapuchados, los contenedores ardiendo, los periodistas agredidos, los piquetes armados con barras de hierro, los insultos a la gente, los vehículos volcados, la violencia pura y dura -porque la violencia verbal es pura violencia- envían directamente al cubo de la basura cualquier reivindicación o apelación a la justicia laboral. Y es que la violencia, cuando tan superada la creíamos, parece haberse convertido para algunos en elemento de presión, y eso ni siquiera los más comprensivos con los derechos de los trabajadores podemos tolerarlo. Ahora la amenaza se cierne sobre Citroën. Ciertas actitudes sindicales, en Vigo, están jugando con fuego, y quienes mueven los hilos de los encapuchados deberían tomar nota de la anécdota de la enfermera y el miliciano. Toda violencia es un boomerang que acaba viniéndote de vuelta. Un día de éstos, tras las razzias, me temo que los que caminan tras los encapuchados, al llegar a casa, igual descubran que se les ha muerto el niño. Y entonces, como siempre, será demasiado tarde.

Álvaro Otero, Faro de Vigo

2 comentarios en “Atari teenager

  1. esto me recuerda el caso de las centrales nucleares, nadie las quieren cerca de casa, pero si quieren energía para dejar la tele en standby mientras se van al trabajo.

    yo, como el autor, creo que la violencia es un arma de doble filo. pero por poco efectiva que sea, si es el pan de mis hijos lo que está en juego, estaría dispuesto a correr cualquier riesgo.

  2. La violencia es una herramienta más, pero hay que ser consciente de los peligros que conlleva. Y la verdad es que coincido con Gandhi en eso de que «la violencia sólo genera más violencia».

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