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Los nuevos prisioneros tuvieron que trepar
por sobre las cabezas de los muertos.

Estaban ya desnudos.
Tuvieron que subir hasta donde decían
los soldados que habían disparado hacía poco a los otros.

Una esbelta muchacha de pelo negro
declaró que tenía veintitrés años.
Y una anciana de pelo blanco
acunaba en sus brazos a un niño al que cantaba
con dulzura. Y un padre
llevaba de la mano a su hijo
y acariciaba su cabeza
y señalaba el cielo.

Todos debían detenerse exactamente
en el punto indicado en la fosa.

Les dispararon. Algunos se movían aún,
levantaban los brazos,
agitaban las cabezas.

¿Y cómo perdonar
en nombre de los muertos?

[XXXVII, extraído de El libro, tras la duna, de Andrés Sánchez Robayna]