“El sol ya se había puesto. La jofaina que tenía al lado estaba llena de salpicaduras carmesíes y la esponja flotaba en su interior, destacándose en el agua ensangrentada como un pez muerto, panza arriba.
Llevaba un buen rato limpiando aquel cuerpo para determinar dónde estaban sus lesiones; con tanta sangre (buena parte de ella ya coagulada) desdibujando su piel no había forma de hacer nada útil. Por desgracia, cuando al fin localicé, tras el arduo proceso, todas las heridas, no fue sino para constatar que era ya demasiado tarde y que todo aquello había sido inútil. No volvió a recuperar la conciencia y, tras vaciar una bala de su pólvora y dejársela en homenaje, salí de aquella estancia ominosa cuando mi sombra dejó de reflejarse.”