La fortuna nos sonríe con frecuencia, pero rara vez nos damos cuenta. Por desgracia, generalmente estamos demasiado ocupados observando nuestros propios ombligos.
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«El día que yo fui feliz nadie tocaba el violín, ni una maldita florecita, ni arcoiris sobre mí. El día que yo fui feliz nunca pensé que fuera así y como nadie me avisó no me di cuenta y me dormí, me dormí» o algo así era, de Christina Rosenvinge.