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Apenas se distinguía más que una silueta a contraluz, como si se tratase del contorno de una extraña bestia en la penumbra; cualquier otro elemento de aquella escena resultaba irrelevante. Ambos parecían desnudos, probablemente con los ojos cerrados, sentado él en una silla de formas redondeadas, sentada ella a horcajadas sobre él, con las puntas de los pies apoyadas sobre el suelo. Sin embargo la pasión no había hecho acto de presencia, de modo que se respiraba una ternura tan desbordante que ponía la piel de gallina. Abrazados, recogidos sobre sí mismos, él apoyaba su frente justo bajo el cuello de ella, posadas mansamente sus manos ciñendo aquella cintura que tan bien conocía; ella reposaba su mentón sobre la testa de su compañero, rozando con los labios su pelo, rodeando sus hombros con sus brazos. Como si él fuese su soporte y también él necesitase, al mismo tiempo, de toda aquella dulzura para poder seguir adelante. Dejar el mundo al margen, unos instantes, para poder respirar con tranquilidad. Tan sólo comunión, nada más. Nada más.