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«Sabéis que los buitres morirían envenenados si se atreviesen a comerse mis restos –cosa que no harán-. Imagino que es lo que ocurre cuando goteas curare al cortarte y ni siquiera te tomas la molestia de respirar demasiado alto para evitar frunces innecesarios en los pliegues de las rodillas de tu pantalón, que conserva la raya impoluta desde que te acuestas hasta que te acuestas. Y parece que podría liar algo para fumarme el crack que me queda junto a los últimos resquicios de fe en la humanidad. Tal vez sí.

Pero claro, es que hay cosas que no pueden ser. ¿Qué ocurre con los minutos invertidos en afilar con esmero la hoja de la navaja nacarada ? ¿Ni siquiera me van a permitir que le rebane el pescuezo antes de morir, han de desplomarse inertes al primer impacto de bala, exangües como si hubiese sufrido una embolia? No es por nada, pero si se hace algo, hay que hacerlo bien. Huele a pólvora y a sollozos, el mismo aroma que desprendería hoy por hoy Poe tras encañonar a su cuervo y apretar el gatillo sin prisa.

Creo que ha llegado el momento de que vuelva a guardarlo todo. En mi cabeza, porque, después de todo, el mundo entero cabe en mi cabeza.”

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