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“Inclinas la cabeza y aspiras intensamente con donaire, consiguiendo un regusto a caviar y cocaína en la garganta. Acto seguido, levantas la cabeza, miras a tu alrededor con indiferencia y te limpias del rostro las salpicaduras de sangre ajena, como quien enjuga con todo respeto el agua bendita que el obispo acaba de dispensarle con su hisopo favorito. Algunos órganos internos se parecen a obras maestras del expresionismo; o tal vez sea al revés. El piso de suela de tus zapatos ingleses de piel de venado diseminan ecos a su paso; en ocasiones da la impresión de que el mármol de carrara resuena en tu honor. E intentas recordar cuál es la siguiente víctima que has enterrado en las profundidades de tu agenda electrónica.”