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Aquí debemos aclarar ciertos puntos importantes relacionados con la finalidad última del arte, que no es aceptar el estado de alineación sino lograr una conciliación. Puede decirse que las experiencias humanas existen, en lo que a nuestra consideración y nuestro deleite se refieren, únicamente cuando se proyectan de la mente a alguna forma material, y también puede decirse que tal plasmación de la experiencia sobrevive sólo cuando tiene las características específicas de la obra de arte. Esas características son la belleza y la vitalidad, que se dan por separado o juntas, y cuya conjunción en una obra de arte les otorga el máximo de fuerza y perdurabilidad. La belleza es objetiva, puede medirse o definirse (como proporción, equilibrio, armonía); la vitalidad es subjetiva o somática, instintiva e intangible, “la vida que bulle en su fuente misma buscando manifestarse”, como escribió D. H. Lawrence, quien bien podría haber agregado que esa fuente penetra hasta los niveles inconscientes de la psiquis.

Resulta, pues, que uno de los factores fundamentales del arte (la belleza) es concreto, universal, típico, mensurable y, en razón de ello, impersonal; el otro factor, la vitalidad, extrae sus energías, quizá también sus imágenes, de una fuente (el inconsciente) que, según el psicoanálisis, es igualmente impersonal (el inconsciente colectivo). La singularidad se da exclusivamente cuando estos dos factores se aúnan en la conciencia de un individuo para ser luego proyectados al exterior. Lo único y singular es el hecho; la manera y no la materia. Abonan esta conclusión las metáforas usadas por los propios artistas para describir la experiencia de la creación. El símil del árbol que utiliza Paul Klee es quizás el más conocido. El artista es el tronco del árbol que toma vitalidad del suelo, de las profundidades (el inconsciente), para transmitirla a la copa del árbol, que es la belleza. Otros creadores han empleado metáforas iguales o semejantes a ésta, entre ellos, Goethe, Novalis, Blake, Rilke y Picasso.

De lo antedicho se desprende que el artista actúa meramente como instrumento. Transmite o manifiesta aquello que le llega desde las profundidades de su psiquis, sólo que en el proceso de transmisión se produce una transformación. El artista no comunica una experiencia única, más bien se trata de una experiencia común a la que reviste de una definición y precisión que antes no tenía. ¿Qué pone el artista? Cierta medida de disciplina personal, concentración e introspección, que sirven para liberar a la vez que canalizar y convertir en objetos bellos las energías que manan de un inconsciente impersonal. Esta metáfora viene a desmentir una falacia generalmente aceptada, que se encuentra en todas las teorías del arte que consideran única la experiencia individual y que constituye la base del expresionismo: la idea de que el propósito del arte es “expresar” un sentimiento, una disposición anímica, una actitud, un estado espiritual, una impresión de la naturaleza. […]

[…] Al artista no le interesa la experiencia en sí, ni siquiera le importa transmitir su sentir como tal. Su objetivo es establecer un orden en sus percepciones y sensaciones […].

[fragmento extraído de Arte y alienación, de Herbert Read]

3 comentarios en “204

  1. Por una mínima fracción de segundo creí leer «arte y alienación» he incluso llego a darme miedo. Debería dejar de estudiar arte sacro medieval xD

  2. El libro se titula Arte y alienación; lo de Arte y alineación ha sido una jugarreta del procesador de textos.

    Puedes tener miedo.

    :*

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