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«Me siento en la butaca y observo a mi hijo dormido.

Intento percibir todos los detalles: su pelo sobre la almohada, el rostro tan parecido al mío, pero delgado y blanco –ayer nos dijeron que tenía anemia-, los brazos enfundados en el pijama azul, los pliegues irregulares de la sábana. Pienso de repente que carece de sonido. Mi hijo, ahora, es sólo una imagen. Lo veo ahí acostado y me pregunto qué papel le han asignado en la vida. Pero mientras lo miro, se va yendo. Quisiera atraparlo de alguna forma, porque lo terrible es que se va más lejos a cada instante que pasa. Algo peor: que no logro comprenderle. No lo alcanzo: lo toco y lo beso, pero eso sólo es percibirlo. Sin sonido. Quizá podría ser mío en una pantalla –su imagen enorme-, pero ese cuerpo delgado y blanco se aleja más conforme lo miro. Y yo sigo mirándolo y no sé de qué va, ni por qué está ahí, ni cuándo acabará de estar, o qué quiere decirme. Porque Javi, ahí, en la cama, debe de querer decirme algo, pero si no veo su propósito –que quizá esté dentro de él, como su enfermedad-, ¿cómo saberlo? Me siento abandonado frente a su imagen, no sé qué significa, y eso es atroz: todo lo que se ve debería ocurrir siempre por alguna razón, y nosotros, los que vemos, tendríamos que conocerla. Pero ignoro el porqué de su cuerpo ahí acostado, de su rostro tranquilo y ojeroso, de su presencia en esta habitación tan preciosa y transparente.

Necesito un narrador. Un narrador detrás de mis ojos, que me cuente a mi hijo.

Mi rezo debería ser: “Oh, Dios, cuéntame a mi hijo, por favor”.»

[fragmento de La ventana pintada, de José Carlos Somoza]

Un comentario en “121

  1. ¿A quién no le ha pasado alguna vez? (que tiren la primera piedra). No todo es al pie de la letra. [miremos más allá]

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